El vivir no es lo mismo que la vida. La vida es dada, mas es un don que exige de quien la recibe el vivirla.
El sueño del creador, II
María Zambrano
No acepto ni quiero aceptar que nuestra vida se reduzca a satisfacer y responder a una inacabable lista de objetivos, promesas y métricas impuestas desde un voraz sistema productivo.
La normalizada aceleración de nuestros ritmos ha implantado cadencias totalmente ajenas a la vida. Hemos sido arrancados de la raíz del acontecer natural. El individuo que existe bajo el yugo apremiante de la productividad no puede pensar, no se le permite el paréntesis de la reflexión. Con suerte, logra reaccionar. Por eso, planteo la necesidad de romper con los tiempos establecidos. No solo es pertinente, sino también justa, una insubordinación contra la gestión de la vida administrada, frente al imperativo de que nuestras vidas sean regidas como quien gestiona un negocio.
Vivir bien exige desoír y desobedecer la lógica de la constante y total disponibilidad. Implica sostener y defender tiempos y espacios en los que no se nos exigen eficacia o rentabilidad. La libertad comienza hoy por la reconquista de nuestro tiempo, por la reconquista de los contratiempos.
Al dejar que administren nuestro tiempo, también permitimos que colonicen nuestras conciencias.
Defender la trascendencia como límite a los poderes establecidos
Existen zonas de la realidad que no pueden ni deben ser raptadas o apresadas por ningún discurso racional, ni puestas al servicio de ningún interés económico o político. Esa dimensión existencial inaprensible es muy relevante políticamente, porque alude a un tiempo y a un lugar que ningún poder puede aprisionar.
La transparencia total que nos exigen hoy es el anhelo de cualquier sistema de control. Por eso quiero reivindicar el misterio, la potencia transformadora de lo que no puede ser dicho o administrado. El misterio introduce opacidad y secreto allí donde hoy se nos demanda exposición y disponibilidad permanentes. Sin custodiar esa reserva misteriosa, que es la parte no negociable de la vida, quedamos inermes ante los mecanismos que intentan convertirnos en perfiles, en datos o en previsibles consumidores.
La aceptación de la trascendencia es una forma de resistencia porque la evidencia y la superficialidad nos aplanan. No todo puede domesticarse. Aquello que no se explota, el silencio, la contemplación, la duda o la espera, es precisamente lo que nos hace más lúcidos frente a un mundo saturado de ruido y vacuo exhibicionismo.
Vida buena, mirada y vínculos
El imperio antropológico de las redes sociales y la progresiva tecnologización de nuestra vida han reforzado una visión utilitaria de los vínculos entre personas. Solo merece ser mirado aquello que rinde. Interpretamos y tratamos al otro como un algoritmo analizando patrones de productividad y rendimiento. Esta atomización social que considera al otro como enemigo o contendiente responde a una estrategia de dominio. Los linchamientos en redes, el desprecio y la humillación o el bullying en centros escolares son formas cotidianas de violencia surgidas al haber sido acostumbrados a ver al otro como enemigo, como obstáculo o como mero dato sin rostro.
Digamos basta a un modelo social que nos obliga a desconfiar del otro para sobrevivir. Basta de mirar a nuestros vecinos, colegas o amigos con la lupa del rendimiento o de la competencia. Frente a las tramas de poder que administran nuestros afectos como si fueran recursos a explotar, hay que reivindicar la potencia política de la convivencia y del cuidado mutuo.
No hay vida compartida posible sin una mirada que reconoce al otro como otro significativo, sin una mirada que permite que el otro exista sin ser instrumentalizado.
Carlos Javier González Serrano
Profesor de filosofía y psicología